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El "Cónócete a ti mismo" y el conocimiento gnóstico

Conocimiento ¿para qué? ¿Cuándo comienza a percibirse necesario el conocimiento?

¿Cuándo comienza a llamarnos la atención estudiar para crecer, para desarrollarnos, para conocernos?

Qué nos impulsa a estudiar e introducirnos en información que acompañe nuestras intuiciones sobre el mundo y el misterio.

Un día una inquietud comienza a reverberar con más fuerza al interior; quizá siempre estuvo ahí. Y la vida responde: pone un curso en nuestro camino, una experiencia, una sincronicidad, un encuentro con alguien, un hallazgo, una medicina…

Y de pronto, la realidad que siempre estuvo ahí, destella con un brillo particular.

Al interior, responde una curiosidad que intuye y busca sentido más allá de lo visible. Es entonces, que en busca de respuestas, en busca de sentido, llegamos al conocimiento.

El deseo de entender es lo que impulsa al estudio. El estudio se siente como entrar a las entrañas del mundo y seguir el rastro que la sabiduría ha dejado.

Debido al condicionamiento occidental que rige sobre nuestra cultura, tenemos el hábito de buscar conocimiento por medio del intelecto; nos llenamos de información, de autores, de maestros, de cursos, podcasts, etc.

Y esta parte del conocimiento es la que comienza a orientarnos desde el intelecto. Desde el pensamiento. Sin embargo, en este nivel, es necesario destilar conocimiento del bagaje de información, para después, destilar de ése conocimiento, sabiduría.

El arquetipo de la Mente es Mercurio. Es decir, Hermes. Y aquí, no podemos perder de vista que a Hermes también se le conocía como un dios embaucador y mentiroso.

El pensamiento es un recurso fascinante, pero si mantenemos la atención fija en sus movimientos para dar razón de la realidad, podemos darnos cuenta que puede rumiar y rumiar convencido de que encontrará la respuesta después de enrollarse sobre sí, consumiendo una cantidad impresionante de energía, para jamás llegar a la rebuscada resolución.

La naturaleza de la Mente percibe el mundo desde la dualidad, desde el contraste de los pares de opuestos; su movimiento es oscilatorio entre contrarios y ése, precisamente, es su techo. Bajo este movimiento, la mente, para resolver un dilema, responde creando dos dilemas más.

Entonces, para crear la tercera posición entre el vaivén mental de un polo a otro, es necesario el conocimiento y el esfuerzo de llevar a la mente más allá de sus límites por medio de la vivencia, de la experimentación.

Gnosis es la palabra en griego que designa al ‘conocimiento’, sin embargo, la gnosis es un tipo particular de conocimiento que orienta al individuo en su senda hacia la liberación; que también podríamos llamar su proceso de individuación, de autoconocimiento, el inicio de su recorrido en la vía mística…

la gnosis es un conocimiento que, si bien una parte de éste puede entrar por la puerta de la mente, trabaja sobre la energía; sobre la percepción del individuo. Sirve a la mente, orientándola a través del símbolo y el estudio, pero a la vez apela al alma y al espíritu, transformando, por medio de un proceso de disolución y coagulación, desde sus fundamentos hasta su cosmovisión.

Éste diálogo con lo trascendental desencadena una transformación en la configuración energética, psíquica, vital y existencial del individuo, que se va desplegando en un mapa que lo armoniza con su libertad, por lo tanto, con su autenticidad.

La gnosis es un tipo de conocimiento que opera como un despertador de conciencia que depura al individuo de sus máscaras, de sus condicionamientos y de todo aquello que no es sí mismo, por tanto, podríamos encontrar aquí una particularidad esencial del proceso alquímico.

El conocimiento gnóstico es uno que transforma y que se enciende como una lámpara en las cavernosidades del misterio.

‘Conócete a ti mismo y conocerás al Universo y a los dioses’

Así dicta la máxima filosófica y mistérica, inscrita a la entrada del Templo de Delfos, dedicado al dios Apolo.

Conócete a ti mismo, es la impronta filosófica…

quizá porque al interior de cada quien se encuentra la vivencia de la verdad.

En la búsqueda del conocimiento, sucede el encuentro con la esencial unidad del ser humano con los dioses y la conciencia universal.

Conociéndose a sí mismo, reconoce las fuerzas míticas e inconscientes que operan dentro de sí y en el mundo.

Quizá porque al agotar las vías que exploran la tierra esférica, encontraron la salida del laberinto tomando el camino del corazón, aquella senda que conduce hacia el interior, hacia el origen, hasta tocar el sentimiento de unidad. De certeza. De amor revelado en sabiduría.

‘Como arriba es abajo; como abajo es arriba.’

Conócete a ti mismo, quizá porque sólo en conocernos, logramos recapitular el misterio que nos separa de aquél mito que insiste en recordarnos una percepción de integración y totalidad. Depurando así nuestra vida de apariencias y engaños, hasta recuperar el Paraíso perdido.

Quizá porque al reconocer el propio temperamento, las debilidades, las virtudes, desarrollemos una mirada más profunda y compasiva del mundo y los otros.

Quizá porque sólo conociéndonos, logramos recordar quiénes somos hasta superar ese miedo a morir. Y entonces danzar con la muerte como la maestra de las transformaciones que van liberando al Alma de su encadenamiento y al Espíritu de su armadura.

Texto: Dania del Rivero, maestra en Filosofía